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Levante-EMV
No todo se ha perdido
dimarts 3 d'abril de 2012, per
Durante los años de bonanza económica se generó una enorme riqueza que la crisis ha reducido considerablemente, sobre todo por la vía de la devalución de la inversión inmobiliaria, las pérdidas en los mercados financieros y el derroche sin tasa de aquellos años. Sin embargo, no todo se ha perdido. Quedan, depreciados, los inmuebles y las inversiones bursátiles, pero también mucho dinero negro.
JORDI CUENCA, VALENCIA
Los años de la bonanza económica fueron una época desmesurada. La ilusión del pleno empleo, los jóvenes que dejaban los estudios en pos de unos empleos remunerados en exceso que les permitían comprarse coche, moto y fiestas a gogó a edades inverosímiles, los mercados financieros que no dejaban de crecer, el precio de la vivienda en constante subida, los terrenos que se recalificaban para gozo de sus propietarios, los gobiernos autonómicos que abrían embajadas en medio mundo y se hacían con los servicios de los más onerosos arquitectos para dar a su tierra uno, dos o infinitos emblemas monumentales, los coches de lujo, los barcos amarrados a puerto, los viajes a los confines del mundo, un Estado de bienestar que se expandía a todos los ámbitos de la sociedad... ¡Qué tiempo más feliz! Todo esto fue posible gracias al imparable crecimiento económico de aquellos años, cuando la riqueza de España aumentaba sin parar y los políticos nos hacían creer que nos acercábamos al paraíso.
Después llegó el verano de 2007 con el escándalo de las hipotecas basura y septiembre de 2008 con la quiebra de Lehman Brothers. La crisis irrumpió en la vida de los ciudadanos y ahí sigue instalada. En estos casi cinco años, los españoles se han empobrecido de forma sustancial como consecuencia del paro, la muerte de empresas, las pérdidas de las inversiones bursátiles, el estallido de la burbuja inmobiliaria y la posterior devaluación de los precios de la vivienda, entre otros factores. Es una evidencia terrorífica que aún lo es más si nos atenemos a la previsión de que ya no volveremos a los años de vino y rosas. Sin embargo, ¿no ha quedado nada de aquel esplendor? ¿Qué se ha hecho de las riquezas que unos y otros, ricos y clases medias, atesoraron —y disfrutaron— en aquel tiempo que marcó nuestra decadencia? ¿Dónde está el dinero que se ha salvado de la quema?
Las respuestas son difíciles, como atestigua el director del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (IVIE), Francisco Pérez, quien apunta la complejidad de conocer, con números exactos, cuánto queda de todo aquel fabuloso negocio. El también catedrático de Fundamentos del Análisis Económico de la Universitat de València asegura que una parte «muy importante de la riqueza material de base sigue existiendo. Si se construyeron cuatro millones de pisos, siguen ahí, al igual que las naves industriales o la abundante maquinaria que se adquirió». Así que «la mayor parte del capital acumulado no se ha perdido». Otra cosa bien distinta es que la parálisis de todas esas infraestructuras —las máquinas paradas, los pisos sin vender o sin acabar de construir, las naves sin ocupar— esté dando lugar, que lo está, a una pérdida de valor al no ser utilizadas y no generar toda la renta que cabría esperar.
Acciones bursátiles
Algo parecido puede decirse de las acciones de las empresas que no han desaparecido engullidas por la crisis. En ambos casos, sin embargo, «lo que sí se ha producido es una volatilización del valor atribuido a muchos activos durante el boom económico». Un claro ejemplo de ello se encuentra en el Íbex 35, el principal indicador de la Bolsa española, que rondaba los 14.000 puntos en los años de máximo crecimiento y ahora apenas supera los 8.000. Es una caída del 40 % que implica que las empresas españolas que cotizan ahí han perdido un 40 % de su capitalización, al igual que sus accionistas, de tal manera que quien vendió un terreno con grandes plusvalías y destinó parte del dinero a invertir en Bolsa, que daba rendimientos mucho más elevados que los ofrecidos por los bajos tipos de interés, ha visto cómo se evaporaba una parte sustancial de su inversión si caído en la necesidad de vender.
Como apunta Francisco Pérez, la mayor parte de la riqueza familiar española está en activos inmobiliarios. Este nunca ha sido un país de alquiler. La gente siempre ha querido tener su casa propia y, a poder ser, un piso en la costa o la montaña. La expansión económica elevó esta tendencia a cuotas máximas. Sin embargo, el estallido de la burbuja ha ido progresivamente reduciendo el precio de las viviendas, hasta el punto de que bordea ya el 25 %, un porcentaje que los expertos consideran que aún ha de bajar más, especialmente si la banca se ve impelida, como parece, a vender su stock. El problema es para el propietario que quiere o necesita vender. Su patrimonio mengua sin remisión. Ahora, pero también en el futuro, si, después de la crisis, los precios no se recuperan a los valores de antaño.
El director del IVIE asegura que este conjunto de circunstancias tiene una influencia muy negativa sobre el consumo, al margen de la evidente caída de la demanda que se ha producido por el desempleo masivo o la parálisis de la actividad económica. Es un efecto psicológico: «Si las acciones o los pisos valen menos, se recorta la inversión, mientras que si suben, el ahorrador se siente más rico y gasta más». Es una dinámica parecida al «efecto riqueza» que se produjo en los años de la bonanza. En aquel tiempo, «un señor que vendía a buen precio un terreno seguía teniendo un nivel de renta similar, pero aquellos ingresos extra elevaron su nivel de consumo». Y es que no hay que olvidar que muchas de las ganancias que se obtuvieron en la época del boom se diluyeron tan rápidamente como entraban. España —y la Comunitat Valenciana fue el exponente más sintomático porque se volcó en el negocio inmobiliario— fue el rey del derroche, un país con una bajísima voluntad de ahorro que obligó a depender de la financiación exterior para mantener su nivel de nuevo rico. Ahora lo pagamos en unos mercados que no se fían y exigen elevadísimas rentabilidades para seguir financiándonos. Pero entonces nadie pensaba en ello. El consumo estaba disparado, lo que también era una excelente noticia para los países que nos nutrían, dada la cada vez más menguante industria nacional.
Dinero fácil
Como es sabido, el dinero fácil que suponía el ladrillo atrajo a muchos empresarios, que redirigieron parte de sus ganancias al negocio inmobiliario. Los beneficios fueron enormes, y dieron lugar a fortunas personales de magnitud, pero también generaron pérdidas a quienes no supieron salirse a tiempo y ven ahora cómo su patrimonio está estancado en pisos terminados o a medio construir que nadie quiere comprar. Es una dinámica que también afectó a uno de los grandes negocios de aquellos años, el de las inmobiliarias. Estas empresas fueron uno de los factores clave en la creación de la burbuja. Era práctica habitual que compraran al constructor un inmueble pongamos que por 180.000 euros, lo pusieran a la venta por 216.000 y lo vendieran en un mes. Una ganancia de 36.000 euros por no hacer casi nada. La codicia de muchas de ellas las llevó a la quiebra al estallar la crisis y encontrarse con unas deudas inasumibles. Otros que supieron salirse a tiempo están agazapados ahora, viviendo de rentas, a la espera de que vuelva el negocio.
Al margen de lo que esté enterrado o podrido en ladrillo, tejas y acciones bursátiles, sigue quedando mucha riqueza oculta. Un gestor de patrimonios valenciano que pidió expresamente el anonimato asegura que quienes «tenían dinero antes de la crisis lo han aumentado» y que «los perdedores son los que no tenían tanto». Es más, afirma que «los ricos, que ciertamente han sufrido pérdidas en estos años, están haciendo el paripé de que tienen problemas, pero en realidad son cosquillas lo que padecen y aflorarán su dinero en cuanto pase la crisis». O incluso antes, «porque algunos ya están empezando a animarse ante la perspectiva de poder hacer compras a buen precio, incluso de empresas que están en liquidación y tienen patentes interesantes».
Dinero negro
¿Y dónde está ese dinero? La citada fuente afirma que «un 24 % del PIB español corresponde a dinero negro y paraísos fiscales». Francisco Pérez apunta al respecto que, al igual que la economía sumergida, la importancia de los euros opacos al fisco es muy difícil de calcular. El sector inmobiliario fue una gran máquina de blanquear dinero en aquellos años de euforia. Fuentes de este sector, que también pidieron anonimato, explican que una parte importante de aquel dinero salió hacia paraísos fiscales que ahora está volviendo poco a poco, en partidas periódicas de pongamos 50.000 euros, en función de las necesidades. A modo de ejemplo, en el paso entre Lleida y Andorra fueron interceptadas en el primer trimestre de 2010 once personas a las que se les incautó en conjunto 497.000 euros. Al respecto, el citado gestor de patrimonios confesó que entra dentro de la normalidad que algunos de sus clientes, sobre todo cuando ganan confianza, les propongan servicios para sacar su dinero fuera del país. Asimismo, la firma, aunque rechaza estas peticiones, también ha recibido la visita de numerosas entidades financieras extranjeras ofertando la captación de este tipo de clientes. Esta fuente asegura que la práctica de retirar cantidades periódicas del extranjero mengua conforme se extiende el uso de tarjetas de crédito emitidas por entidades ubicadas en paraísos fiscales que son opacas a la Hacienda española.
Claro que el dinero negro no solo se encuentra en el exterior. Las cajas fuertes de muchos hogares acomodados —incluidos alguno de la Comunitat Valenciana— almacenan elevadas cantidades de dinero. El citado gestor de patrimonios asegura que lo ha visto en persona. De todas formas, no todo es tan turbio. Planes de pensiones, fondos de inversión o sicavs concentran una parte importante de muchas fortunas. Y también conviene tener en cuenta que durante los años de bonanza no fueron pocos los españoles que mejoraron su estatus gracias a su propio trabajo, que no gastaron por encima de sus posibilidades, que consiguieron ahorrar y que ahora guardan su dinero en las cada vez más concentradas entidades financieras, esas mismas que ofrecen intereses desorbitados por elevar su volumen de depósitos. Sin olvidar que hubo empresarios, como Manuel Jove —la inmobiliaria Fadesa a Martinsa—, que vendieron sus firmas antes de la crisis con muchos millones de plusvalías que reinvirtieron en otros sectores.
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