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Cuando la Albufera de València estuvo a punto de convertirse en Benidorm

Un movimiento ciudadano pionero en España y Félix Rodríguez de la Fuente evitaron que El Saler, una pedanía en pleno Parque Natural, fuera engullido por hoteles

dilluns 5 de juny de 2017, per  AE-Agró

Todo el mundo conoce o ha oído hablar de la Albufera de València, que acaba de cumplir el 30 aniversario de su declaración como Parque Natural. Sin embargo, pocos se han detenido en el paisaje que le rodea y que también está incluido en el parque; hablamos de la Devesa del Saler, un privilegiado entorno natural en primera línea de mar y con un conjunto de ecosistemas de gran biodiversidad que estuvo cerca de ser engullido durante el franquismo por el desarrollismo y la fiebre del turismo dirigida por el ministro Manuel Fraga Iribarne. ‘El Saler per al Poble’, uno de los primeros movimientos sociales de España -que primero actuó en la clandestinidad-, consiguió parar un macroproyecto turístico que contemplaba la urbanización de 870 hectáreas.

RAQUEL ANDRÉS DURÀ, 3/06/2017

Todo comenzó en 1965, cuando se aprobó el plan urbanizador que promovió el entonces alcalde de València, Adolfo Rincón de Arellano, para convertir El Saler en un macro-alojamiento temporal para el turismo de masas, un modelo como el que se estaba implantando en la vecina ciudad de Benidorm. El diario Las Provincias, que ejerció una fuerte oposición al plan, publicaba en 1973 que se preveía la construcción de 24 hoteles, 12 apartahoteles y 2.250 apartamentos en 56 torres.

Uno de los arquitectos autores del Plan del Saler de 1964 fue Cano Lasso, con despacho en Madrid. Desde la capital trabajaron el encargo de proyectar “un conjunto turístico de lujo” en 870 hectáreas “de suelo llano y cubierto en su mayor parte de pinar, comprendidas entre la Albufera y el mar, con más de 10 kilómetros de playa”, según consta en una reciente publicación de la Universitat de València.

El plan proyectaba dividir esta parte de la Albufera en tres zonas urbanizadas muy diferenciadas: una de 2,5 kilómetros de playa para el “esparcimiento popular”, para el gran público, con bares, teatro al aire libre, una venta taurina, una iglesia, etc. Las otras dos zonas serían de residencia temporal, enfocadas al turismo, y con 8,5 kilómetros de playa. Aquí iban los equipamientos de más lujo (parador, campo de golf, etc.), que incluían incluso un lago artificial que hoy día puede visitarse.

El proyecto de Lasso tuvo que ser modificado en hasta cuatro ocasiones, por las dificultades técnicas y por la oposición ciudadana. El propio arquitecto admitió, años después, que el plan del Saler había sido “una equivocación”.

El aeropuerto de València también pudo estar en la Albufera

No era la primera vez que le salían pretendientes a la Devesa. Anteriormente ya se contempló como ubicación para construir el aeropuerto de València -que finalmente acabó en Manises-. Así lo propuso el ingeniero municipal del Ayuntamiento en 1928, pero as características del terreno lo hicieron inviable.

La Devesa también estuvo amenazada por un gran paseo que la atravesaba por completo y que la hubiera enlazado con la ciudad de València; además, incluía “campos de fútbol, hipódromo, piscinas, tiro, etcétera”, según consta en un artículo de 1930. O en 1965, cuando se iba a instalar la “universidad laboral” ocupando 244 hectáreas y que finalmente se emplazó en Cheste.

Félix Rodríguez de la Fuente luchó por el parque natural

La depredación de esta parte del Parque Natural de la Albufera tuvo oposición, al principio minoritaria, a finales de los 60. Biólogos y ambientalistas encabezaron las reivindicaciones tras observar los primeros daños y la ausencia de criterios de respeto a la naturaleza en las obras que se habían iniciado.

Pero nada como la televisión, la gran movedora de las masas: un programa de Vida Salvaje de Félix Rodríguez de la Fuente emitido en TVE en 1970 despertó conciencias y generó dudas por primera vez en la sociedad valenciana sobre las bondades de la urbanización de la Devesa.

Así, el verano 1974 nació uno de los primeros movimientos ciudadanos de España, y probablemente el primero de cariz ecologista: ‘El Saler per al poble’, que marcó un antes y un después. Se movieron en la clandestinidad y sufrieron la represión, pero aun así, tuvo el apoyo de las asociaciones de vecinos de los barrios y pueblos, así como diversos estudiosos de la época. El movimiento logró recopilar 15.750 firmas de rechazo a la urbanización, una cifra increíble en la dictadura.

El movimiento ciudadano consiguió paralizar el proyecto y el primer gobierno democrático en el Ayuntamiento de València, liderado por Ricard Pérez Casado (PSOE), lo tumbó definitivamente. En 1982 se aprobó el Plan Especial protector de la Devesa y en 1986, la Generalitat Valenciana declaró el Parque Natural de la Albufera, que incluía la Devesa del Saler. Con ello empezaron los trabajos de regeneración de los sistemas dunares arrasados por la urbanización y la ordenación de los usos turísticos de la zona.

Antonio Ariño, vicerrector de la Universitat de Vakència: "Después del franquismo vendría un desarrollismo mucho más feroz: la burbuja inmobiliaria”

Ahora la Universitat de València dedica una exposición conmemorativa en La Nau titulada ‘El Saler per al poble, ara! El poder de la ciutadania en la transformació responsable del paisatge i del territori’. “Demuestra que el valenciano es un pueblo combativo. Nos sentimos herederos de esa lucha ciudadana. La memoria es fundamental para no olvidar los errores del pasado, pero también los éxitos”, recalca el concejal de La Devesa-Albufera, Sergi Campillo.

Uno de los comisarios de la exposición, el arquitecto Tito Llopis, advierte: “Los ciudadanos tenemos que estar siempre alerta”. El vicerrector de la Universitat de València, Antonio Ariño, ha recordado que durante el franquismo, los que hablaban de “participación ciudadana, lucha urbana y ecologismo” eran “rara avis”. Sin embargo, recalca que los movimientos sociales no “son nuevos”, y que ya en los años 70 los había en la clandestinidad para “dar voz a los que no la tienen, como el agua y los patos de la Albufera”.

Por otro lado, Ariño reflexiona sobre la “conciencia declarativa”: “Ahora nadie te diría que no tiene conciencia ecológica. Muchos se declaran ecologistas, pero, ¿qué están dispuestos a hacer?”. Y recuerda que los ataques contra el medio ambiente no pararon con el despertar de la conciencia ciudadana, ya que “después vendría un desarrollismo mucho más feroz: la burbuja inmobiliaria”.

Los comisarios insisten en que todavía quedan “reivindicaciones pendientes” en la Albufera: cómo restaurar las playas alteradas por la expansión del Puerto de Valencia, la recuperación de la calidad que tenía el agua del lago en 1960, la “anomalía” de una autopista que se dirige al corazón de un parque natural, el campo de golf “en contradicción completa” con la riqueza de los ecosistemas del Saler, el futuro de las edificaciones existentes en la Devesa y recuperar la conexión del poblado de El Saler con su puerto.

Las “cicatrices” del franquismo

Aunque el primer alcalde de València de la democracia tumbó el plan del Saler, en los años 70 los promotores tuvieron tiempo de materializar, en parte, aquella ambición de construir una “ciudad del turismo”. ¿Qué queda hoy de aquellas construcciones?

Hotel Sidi Saler

El edificio más emblemático del Plan fue, sin duda, el Hotel Sidi Saler. De cinco estrellas, durante 35 años fue el emblema del lujo valenciano. En 2007 sufrió su primer varapalo: la Dirección General de Costas dejó el complejo en el deslinde del litoral por estar construido sobre un cordón dunar dentro del dominio marítimo terrestre; esto supuso su expropiación y cedió su gestión a los dueños en forma de concesión. Finalmente, en 2011 bajó la persiana por el azote de la crisis económica y pasó a ser propiedad de sus acreedores, BBVA y La Caixa.

Hoy, el edificio solo conserva el recuerdo del lujo del que un día presumió. El entorno se ve cuidado: un guarda de seguridad vigila el hotel y asegura que, como es palpable, un equipo de mantenimiento se encarga del cuidado del jardín. No se puede decir lo mismo del interior del complejo. Desde el otro lado de la valla se puede observar que el hotel perdió su gloria hace tiempo, con agujeros en las paredes, desconchados, marcas de salitre, cristales destrozados, una piscina que se asemeja más a una ciénaga y un paseo hacia la playa engullido por la arena.

Bloques de apartamentos turísticos

Al malogrado hotel de lujo le rodean los apartamentos turísticos envidiados en otra época, con un aspecto muy de los años 60. Ahora, sin embargo, hay muchas persianas bajadas y algunos carteles de “se vende”; hay torres enteras casi vacías que se erigen en medio de la biodiversidad de la Albufera.

Desde una inmobiliaria del Saler admiten que la demanda de pisos en esta zona no es muy alta: “La gente prefiere un piso en Cullera, Gandia o Jávea”. “El concepto es distinto”, dicen, ya que el entorno del Saler, al proceder de un proyecto que no llegó a ejecutarse por completo, ahora es “muy tranquilo” y “lejos del estereotipo de las masificaciones de otras poblaciones costeras, que es lo que se suele buscar más”.

Además, señalan, se trata de una zona con una alta estacionalidad (segundas residencias que solo se ocupan algunos fines de semana y en verano). En cuanto a los precios, apuntan que “hay de todo”, con precios que van desde los 70.000 por un piso pequeño para reformar, hasta los 300.000 euros por un piso grande y reformado.

¿Cuánto costaban en su mejor época, en los años 70 y 80? Nieves Buqueras trabajó de agente comercial para una inmobiliaria vendiendo pisos en la urbanización de Torres Blancas. Recuerda que costaban “unos 4 millones de pesetas” y que los apartamentos eran “de muchísimo lujo”. Dice que los pisos “se vendieron bastante rápido” y los clientes eran personas “con posibles”, como trabajadores de la banca, publicistas, abogados y muchos extranjeros que compraron a modo de inversión. “Pagaban al mes entre 45.000 y 60.000 pesetas, cuando el sueldo habitual rondaba las 24.000 y 30.000 pesetas mensuales”, asegura.

Parador Nacional y campos de golf

Si hablamos de algún éxito que perdure en el tiempo, nos encontramos con el Parador Nacional del Saler, que cuenta en sus instalaciones con un campo de golf. En pocos minutos, un día entre semana cualquiera todavía a principios de junio, se ven entrar y salir varios coches. Un ir y venir que contrasta con la desidia del Sidi Saler. Aquí sí hay movimiento, como confirman fuentes del complejo: se trata de unos de los campos de golf mejor valorados de Europa y estiman que cada metro cuadrado genera un impacto económico de unos 6.000 euros.

La zona de aparcamiento está llena de coches y no es fin de semana. Si se quiere ir a la playa de La Devesa, es obligatorio pasar por el Parador (pese a la barrera, si no hay ningún evento cualquier persona puede pasar). Las mismas fuentes aseguran que en verano llegan a circular unas 3.000 personas diarias

Sobre las críticas de los sectores ecologistas, recalcan que el campo de golf sirve de refugio para las aves y otros animales de la Albufera en época de caza. Y es que los cazadores, que “a veces intentar colarse” en el complejo, son expulsados sin entran. Destacan que entre la fauna del campo se encuentran, además, erizos, serpientes y tortugas terrestres y de agua.

Los ecologistas piden un “plan coherente” para devolver el Saler “al pueblo valenciano”

Desde la Comisión de Territorio de Acció Ecologista-Agró trabajan para que la lucha ciudadana no acabe con el movimiento ‘El Saler per al Poble’ de los años 70. Dicen que el pueblo valenciano tiene que recuperar “todo el territorio que se pueda” y exigen al Ayuntamiento, que ven “muy parado”, un “plan coherente”. Plantean, por ejemplo, el derribo del hotel de lujo Sidi Saler y que el consistorio ofrezca a los propietarios como contraprestación terrenos vacíos de la ciudad.

Además, piden que el consistorio “recupere los terrenos públicos usurpados por las urbanizaciones”, como los campos de fútbol, piscinas o parques para niños. Estas fuentes señalan que solo son propiedad privada -porque pagaron por ello- los edificios; sin embargo, los terrenos colindantes, pese a lucir carteles de “acceso restringido” o hacer un diseño que da la apariencia de ser propiedad privada -como setos-, son de propiedad pública.

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